¿Conoces ésta criatura?

Quise negociar mi libertad… pero ya era demasiado tarde cuando comprendí que estaba atrapado entre sus tenazas.

Con una serenidad obscena, inmóvil, perfectamente limpia… como si jamás hubiese participado en los miles de asesinatos emocionales que ocurrían debajo de ella cada día, allí se encontraba aquel maestro del camuflaje.

Sí.

La lámpara del odontólogo.

Tenía la forma exacta de una mantis religiosa.

No una caricatura simpática de documental infantil, no. Aquella poseía la elegancia clínica de los depredadores que saben perfectamente dónde morder. Dos enormes ojos circulares apuntaban hacia mí con precisión matemática, suspendidos sobre un cuello articulado capaz de inclinarse lentamente, como hacen las criaturas que estudian a su presa antes de devorarla.

Y yo estaba allí abajo.

Horizontal.

Indefenso.

Con un babero azul que parecía el uniforme oficial de las víctimas.

Relájate… dijo el odontólogo.

Entonces la mantis encendió sus ojos.

La luz me atravesó el alma.

En ese instante comprendí que la humanidad había cometido un error gravísimo al permitir que los insectos inspiraran equipos médicos. Aquello no era un aparato: era un exoesqueleto articulado de cacería.

Entonces comenzaron los sonidos.

El soundtrack del infierno.

Primero, el zumbido.

Ese sonido eléctrico y constante, parecido al que haría Leatherface en la película «La matanza de Texas«

Luego apareció el taladro.

Ah…

El verdadero himno nacional del terror odontológico.

Ñiiiiiiiiiiiiii.

El ruido atravesó mis huesos y despertó memorias que jamás había vivido. Sentí que mis ancestros corrían desnudos huyendo de algo gigantesco mientras mi mano derecha se aferraba al asiento como si el mundo estuviera a punto de partirse en dos.

Mi dignidad abandonó lentamente el cuerpo.

El terror aumentó cuando la mantis descendió unos centímetros más.

Observaba.

Calculaba.

Esperaba.

Hay algo profundamente humillante en permanecer acostado con la boca abierta, vulnerable e indefenso, mientras otra persona introduce herramientas medievales en tu mandíbula y conversa con absoluta calma:

¿Te vas de vacaciones este verano?

Y uno ahí…

Con media cara anestesiada, saliva escapando por la comisura de la boca y una aspiradora industrial chupándole hasta los pensamientos.

Pero la mantis comprendía perfectamente mi sufrimiento.

En la naturaleza, estos animales permanecen inmóviles hasta que el destino se acerca lo suficiente. Entonces atacan con una velocidad monstruosa. En algunos casos, la hembra devora al macho después del apareamiento, como si el amor fuese apenas un aperitivo.

La lámpara hacía exactamente lo mismo.

Primero te seduce con la promesa de:
“No vas a sentir nada”.

Después te paraliza.

Después te consume.

Cada vez que el odontólogo decía:
Vamos a hacer una pequeña corrección…

yo escuchaba:
Arrancaremos otro fragmento de tu ser.

Sin embargo, lo más aterrador no era el dolor.

Era el olor.

Ese aroma a hueso quemado mezclado con desinfectante y látex médico. Un perfume que no existe en la naturaleza porque incluso los animales salvajes tienen límites morales.

Cerré los ojos.

Intenté imaginar montañas, selvas húmedas, aves tropicales…

Pero la mantis seguía allí.

Podía sentirla encima de mí, bañándome con esa luz brutal que no perdona inseguridades ni pecados ocultos. Bajo esa lámpara uno entiende que no hace falta un psicólogo para descubrir los temores más profundos.

Una visita al odontólogo basta para purificar el alma.

Entonces ocurrió.

El silencio.

Abrupto.

Antinatural.

El taladro se detuvo.

La aspiradora calló.

El odontólogo retrocedió lentamente mientras la mantis permanecía suspendida sobre mi rostro, inmóvil… como un dios insecto satisfecho después del banquete.

«Listo» dijo finalmente. Salvamos la pieza.

¿Salvamos?

Qué palabra tan elegante.

Qué eufemismo tan refinado para describir una cruenta batalla psicológica de cuarenta y cinco minutos eternos.

Me incorporé lentamente.

Sobreviviente.

Tembloroso.

Con la boca dormida y la autoestima reducida a escombros.

Sin embargo, ahí seguía la mantis religiosa, observándome desde arriba con aquella serenidad insoportable de las criaturas superiores.

Salí del consultorio sintiendo el aire fresco acariciar mi rostro como quien abandona una guerra.

Nadie sospechaba que, en el segundo piso de aquel edificio, una gigantesca mantis religiosa continuaba esperando pacientemente a la próxima víctima del reclinable.

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